La noche pasaba, minuto a minuto, arrastrando el fantasma insondable de los momentos que fueron, reverberando por las calles de una presencia ausente. Los mismos ladrillos que soportan mi alma errante, cuando voy a visitar los rincones que compartimos sólo para ver que él tampoco está.
Siempre con prisas, como si la vida se fuera a acabar después de una caricia en el debe de una contabilidad sentimental siempre en déficit de pasiones. No importaba lo que nos diésemos, nunca llenábamos ese abismo de la necesidad que sentíamos el uno por el otro. Siempre con prisas. Tarde y mal comprendí que, a menudo, los labios más necesitados, no son tan impacientes dos besos después.
Y cuántas noches desperdicié por no saber vivir sin él entre mis brazos, como el eco de su figura entre mis pensamientos, que, a base de ecos de su tacto y su perfume, se empeñan en hacerme vivir una realidad vacía a través de unos recuerdos corrosivos, como si yo no fuera más que napalm caduco y él la cerilla a punto de raspar sus pupilas. Siempre me hizo arder a cada parpadeo, nunca tardé más de dos segundos en consumirme cuando me miraba fijamente.
Quererle, no quererle. Dejo de ser opción hace mucho. ¿Cuántos años han pasado? Obviamente, no los suficientes. Le extraño y le odio a intervalos discontinuos, agazapados, esperando el mejor momento para hacerme extrañar todo lo que no llegamos a vivir. No conocí peor melancolía que la carencia de aquello que no hicimos. Extraño lo que pude ser a su lado.
Es tarde y aún no lo es. Sólo llego a extrañar el sol cuando la lluvia acaba por camuflar las lágrimas que aún le debo.
¿Dejarle ir? No. Lo correcto es decir que él me dejó ir a mí. Que me destierre a un olvido del que no sea más que una línea borrada, unos versos tachados en la copla de dos amantes discordantes. ¿Sólo extrañas el cielo cuando nieva? Me gusta el frío que cala mis huesos, siempre será más cálido que aquel adiós que nunca dije y que él escuchó a cientos de kilómetros de distancia.
¿Cómo decirle que no es tan fácil olvidarnos? ¿Cómo arreglar el único problema que quiero que me complique beso a beso? Ódiame, le diría, échame, aléjame, vete lejos. Yo no inventaré la distancia que me separe de su parpadeo. Pasarán años, vidas, segundos. ¿De verdad quiero que esto se acabe así, con tanto por inventar? ¿Con tantas mentiras que creerme en sus brazos?
Acabar o empezar. Para él es lo mismo. ¿Qué fui a su lado? Qué fui al irme? No me deja desaparecer. Ódiame, sí, eso le diría. Ódiame. Su rencor me demostraría que siempre me quiso, avaricioso, que siempre temió a la oscuridad de unos ojos cerrados cuando la llama de mis dedos se apagaba en una borrasca de nostalgia.
Escribirle una carta, un libro, una religión. No tengo suficientes idiomas para definirle. Nadie puede con esos ojos salvajes que une vez fueron míos. Todo lo que toco se corrompe. Tal vez, tal vez, una última ocasión. Él junto a mí fantasía. Sería lo único que le pediría, lo único que me avergonzaba, expresarme. Darme esos momentos juveniles antes de que me arrepienta.
Ya buscaré penitencia en otra vida.
@reinaamora
